Es difícil decidir por donde empezar, asique empecemos por arriba.
La cabeza siempre fue un problema, adentro y afuera pero en este caso vamos por la parte de afuera que, lejos, es mucho mas divertida.
Arranqué tranqui, no me animaba a un cambio radical (tengo la sensación que para las mujeres eso es mucho mas fácil)
Descubrí algo que no se si todavía existe que se llamaba "tono sobre tono". Había elegido un borgoña furioso y no me preocupaba porque según el producto como yo tengo el pelo oscuro no tenía que notarse demasiado.
Me lo hice, siguiendo al pié de la letra las instrucciones, en ese momento vivía solo así que nadie presenció el papelón del proceso de alguien con cero experiencia.
Una vez terminado todo, la verdad es que me miraba por todos lados y solo veía el borgoña en las manchas que me habían quedado en la cara y las manos.
Pensé que evidentemente tenía el pelo tan oscuro que eso no dejaba que se vea el cambio, pero bueno, en definitiva no me había salido tan caro y si lograba sacarme las manchas nadie se iba a dar cuenta. Eso era muy bueno porque obviamente, a la mitad del procedimiento, ya estaba totalmente arrepentido.
Al día siguiente fui a trabajar, por mi actividad de ese momento (que no voy a revelar aún) estaba delante de un mostrador, parado con una dicroica justo encima de la cabeza, atendiendo infinidad de personas por día.
Yo sentía que me miraban raro pero no me llegó ningún comentario. Me parecía que los clientes en lugar de mirarme a los ojos miraban más arriba.
Estoy paranoico pensé, si yo no vi nada, no puede ser!
Me fui a casa ese día con la sensación de tener una cruz de pintura roja en la espalda.
Cuando llegué automáticamente fui al baño y me revisé frente al espejo tan minuciosamente como si tuviera piojos.
Nada, apenas un destello perdido casi imperceptible.
Tenía que relajarme, estaba completamente perseguido por algo que nadie había visto. Me fui a dormir tranquilo.
Al día siguiente, las mismas miradas raras.
Cuando cerramos me cansé y le pregunté a una compañera.
Ella no dijo nada, me paró abajo de la dicroica, sacó su espejo de la cartera y me lo dio.
ROJO, rojo como Viviana Canosa en sus épocas más bizarras. No podía decir nada, mi cara se puso a tono con el pelo.
Y eso no es todo, dijo. Y me sacó a la vereda.
Cuando el sol directo me dio en el pelo, el efecto se multiplicó por diez.
Pensé en los dos días que había estado así sin saberlo.
Viste cuando te das cuenta que tenés el cierre del pantalón bajo? Bueno, peor.
A partir de ahí caminé siempre por la sombra por más de un mes, jurando que nunca iba a volver a hacer una cosa semejante, y obviamente no cumplí... .
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