Acabo de cumplir 10 años de conductor (de vehículos, a la tele ya no llego) y eso me hizo recordar el proceso de aprendizaje y las primeras experiencias al volante.
No hace falta hacer mucha cuenta, empecé a manejar de grande porque nunca tuve como prioridad tener un vehículo, de chico era esos a los que solo le dejaban lavar el auto detrás de la atenta mirada de papá, no vaya a ser que raye la pintura pasándole el cepillo con jabón...
Tenía menos posibilidades de que me prestara el auto que de ser piloto de la NASA. De enseñarme a manejar ni hablar.
Hice un intento cuando estudiaba en la UBA, yo le enseñaba matemática a una compañera y ella me enseñaba a manejar en un 147.
Algo aprendí, sobre todo las señas que tenía que hacer cuando me quedaba parado con el auto sin poder arrancar...
Una vez me quedé en el medio de una avenida que venía cruzando y fueron tales los nervios que tuve que cambiar de lugar para que ella terminara de cruzar la calle. Es super humillante la acción de cambiar de asiento mientras todos tocan bocina y gritan barbaridades sin parar.
Después de esa experiencia no volví a intentarlo, no porque no me gustara, sino porque pensaba que sacar el registro para no manejar no tenía mucho sentido.
Una vez que me mudé, ya no tenía ni posibilidades de comprarme un auto, así que no me ocupé mas del tema.
Muchos años después empecé a trabajar en un emprendimiento familiar, una agencia de alquiler de autos sin chofer, en ese momento ya era determinante que tuviera registro.
Prolijamente hice el curso, fueron pocas clases porque de tanto mirar se ve que algo iba quedando y una vez superado el temita del juego entre embrague y acelerador para arrancar, el resto fue solo.
Manejar es como aprender idiomas, hay un momento donde todo lo que tenias que pensar para que salga empieza a ser automático y ahí es cuando te relajás.
Llegar a ese maravilloso punto me costó bastante porque en mi caso, cada vez que subía a un auto era distinto al anterior, eso hacia que nunca lograra acostumbrarme y además tuviera siempre la presión de conducir un auto que no era mío.
La primera entrega fue en un hotel de la zona, nosotros teníamos la agencia en Palermo Top (un día voy a pasar mi clasificación de las zonas de Palermo) y tenía que ir muy cerca de la Rural.
Yo estaba transitando esa etapa del manejo en la que si miras al costado vas con la vista y con el auto también, así que estaba duro mirando para adelante concentradísimo.
Salí del garaje (subsuelo) perfecto, la zona muy transitada, sin aparentes problemas.
Todo comenzó cuando para relajarme quise prender la radio. El auto de la ocasión era un Gol 5 puertas. Ese auto tenía el stereo sin frente desmontable y la particularidad de una perilla giratoria prominente de volumen y encendido. Estaba clarísimo que si miraba el stereo me iba a ir para la derecha con el auto y eso no era una opción. Decidí entonces ir dando manotazos hasta lograr dar con la perilla y apretarla.
Me costó unas cuantas cuadras lograrlo y ojalá no lo hubiera hecho porque la radio arrancó a todo volumen, me dió el susto de mi vida y casi termino estrellado contra un auto estacionado.
Rápidamente comencé a darle cachetazos a la perilla para girarla hacia la izquierda y bajar el volumen.
La imagen era de un tipo transitando por las cañitas, mirando fijo al frente con pánico y escuchando cumbia a todo volumen, mientras le pegaba a algo que no estaba muy claro que era.
Cuando llegué estaba todo transpirando y obviamente sin posibilidad de prender el aire....
Pensé que si había sobrevivido a ese día nada iba a lograr alterarme los nervios de semejante manera.
Hasta que tuve que hacer una entrega en el microcentro y se me ocurrió ir por Alem. Era más directo pero no tuve en cuenta que al doblar a la derecha desde Alem hacia el lado de la 9 de Julio las calles tienen una pendiente pronunciada hacia arriba.
Estuve 15 minutos en la primera cuadra, en un embotellamiento en subida a 45 grados.
Cuando me bajé del auto estaba agarrotado, me dolían las mandíbulas y casi tengo que limpiar el parabrisas del lado de adentro porque transpiraba poco menos que de punta.
La única ventaja era que por suerte esas experiencias las pasaba siempre sólo y no quedan testigos de mis reacciones.
Ni de esas ni de tantas otras que ni por acá quiero recordar....
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